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Los archivos del miedo: Rolf Müller sobre la seguridad del Estado, la represión y 1956

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Rolf Müller* es historiador e investigador del Állambiztonsági Szolgálatok Történeti Levéltára (ÁBTL), el Archivo Histórico de los Servicios de Seguridad del Estado de Hungría. Su trabajo se centra en el estudio histórico de la actividad de la policía política húngara entre 1945 y 1990 y de los documentos de la seguridad del Estado.

En esta entrevista para el especial de Hungría Hoy por el 70 aniversario de la Revolución húngara de 1956, Müller analiza la evolución de la seguridad del Estado antes y después de la revolución, los mecanismos de vigilancia y represión y los desafíos que plantea hoy la apertura de los archivos.

El historiador Rolf Müller durante una intervención con micrófono.
Rolf Müller. Fotografía cedida por Rolf Müller.

I. La seguridad del Estado antes de 1956 y durante la revolución

1. Antes de 1956, ¿cómo estaba organizado el aparato húngaro de seguridad del Estado y qué lugar ocupaba dentro del sistema político? ¿Por qué la Autoridad de Protección del Estado (ÁVH) se convirtió en uno de los símbolos más rechazados del régimen?

Los departamentos de policía política se organizaron al mismo tiempo que se retiraba el frente de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo principal de detener a criminales de guerra y a los miembros de la organización filofascista Cruz Flechada y, una vez concluidas las investigaciones, llevarlos ante los tribunales. Esto respondía a una obligación ante las autoridades de ocupación y, en un país destruido y con enormes pérdidas humanas, también a cierta demanda o expectativa social. Sin embargo, hay que subrayar que todos los órganos de investigación política organizados en 1945 quedaron bajo la influencia del Partido Comunista y, desde el primer momento, su actividad estuvo determinada por los intereses de este. Existen numerosos ejemplos de control directo por parte de los máximos dirigentes del partido, como Mátyás Rákosi o Mihály Farkas, mientras que los ministros del Interior, también pertenecientes a las filas comunistas, como László Rajk o János Kádár, hicieron igualmente mucho para que los órganos de protección del Estado pudieran actuar con la mayor eficacia posible contra sus adversarios políticos.

Gracias a esta protección y apoyo, la organización fue ascendiendo a niveles cada vez más altos dentro de la jerarquía de la administración estatal y, para 1950, la ÁVH, subordinada al Consejo de Ministros, podía considerarse un «ministerio de seguridad del Estado» de modelo soviético, que no solo disponía de un aparato secreto de gran tamaño, sino también de fuerzas de orden público de varios miles de efectivos y de la guardia fronteriza.

Por tanto, los órganos de protección del Estado desempeñaron un papel importante primero en la lucha del Partido Comunista por el poder y después en su conservación, de tal modo, pueden considerarse uno de los pilares —aunque no el único— de la dictadura estalinista ya establecida. En esa «lucha» recurrieron a una amplia gama de medios coercitivos: desde la vigilancia encubierta y las redes de agentes hasta las torturas en salas de interrogatorio y los brutales métodos de castigo habituales en las cárceles y campos de la seguridad del Estado. La extensión del uso de la violencia se convirtió pronto en una experiencia social colectiva.

2. Durante los días de la revolución de 1956, ¿qué ocurrió con los miembros de la seguridad del Estado y con su organización? ¿Qué sabemos hoy, a partir de las fuentes de archivo, sobre su actividad en aquellos días y sobre la violencia ejercida contra ellos?

En pocas palabras, podemos decir que durante esos días la seguridad del Estado se desorganizó; de hecho, el 28 de octubre Imre Nagy anunció su disolución en un discurso radiofónico. Sin embargo, precisamente por la diversidad organizativa ya mencionada, la situación fue más compleja. A una parte del personal secreto y operativo la revolución la sorprendió en sus oficinas; muchos no abandonaron su lugar de trabajo durante días y, en la primera oportunidad, se marcharon hacia las unidades soviéticas, mientras que otros, por miedo, prefirieron esconderse en sus viviendas o en casas de familiares. Es un hecho que varios cayeron prisioneros de los insurgentes. Las fuerzas de orden público entrenadas para defender el sistema y los guardias fronterizos se encontraban básicamente en sus cuarteles cuando estallaron los acontecimientos. Sus unidades fueron empleadas al principio en la lucha contra los revolucionarios, y en algunos de sus cuarteles aparecieron manifestantes, donde posteriormente se produjeron descargas de fusilería. Hubo unidades que se incorporaron organizadamente a los soviéticos, mientras que otras, después de la orden de disolución, simplemente abandonaron sus puestos y lugares de guardia.

Los juicios populares y los linchamientos —una parte de los cuales fue precisamente una respuesta a las descargas de fusilería, es ecir, como manifestación de la «violencia revolucionaria»— recibieron gran énfasis durante la represión de la época de Kádár, pues respaldaban la narrativa «contrarevolucionaria » centrada la «chusma» y a personas con antecedentes. En tal sentido determinaron fundamentalmente el discurso oficial sobre 1956 hasta los últimos días del sistema e incluso influyeron en el debate público después de su desaparición.

Patio de la sede del comité del VIII distrito del MDP en Köztársaság tér, con ventanas rotas y escombros, Budapest, 1956.
Patio de la sede del comité del VIII distrito del Partido de los Trabajadores Húngaros (MDP), en Köztársaság tér 27, Budapest, en 1956. FOTO: FORTEPAN / Nagy Gyula, n.º 39917, CC BY-SA 3.0.

II. Después del 4 de noviembre: represión y reconstrucción del control

3. Después de la intervención soviética del 4 de noviembre, ¿cómo se reconstruyó el aparato de seguridad del Estado? ¿Hasta qué punto podemos hablar de continuidad personal, metodológica y operativa respecto al período anterior?

Tras la intervención soviética, el personal operativo intentó reanudar su trabajo, pero, en un clima incierto, comenzó a organizarse sobre todo en viviendas particulares, «en la clandestinidad», como formularon después en sus autobiografías. Y, por supuesto, hubo quienes se incorporaron a las nuevas unidades de orden público, los llamados «pufajkások», y participaron en acciones abiertas. Para el nuevo poder, la seguridad del Estado que se reorganizaba constituía, al mismo tiempo un problema y un apoyo. Al carecer de un respaldo social más amplio, el grupo de Kádár no podía asumir abiertamente la «herencia» de la ÁVH, de infausta memoria, pero necesitaba a sus miembros para ejecutar la represión. Finalmente, dentro de la policía se organizó una nueva sección de investigación política, en la que fueron admitidos, en esencia, todos los antiguos miembros de la seguridad del Estado que se presentaron al servicio. De este modo, tanto la persecución a los revolucionarios como el repertorio de medios utilizados en las investigaciones fueron básicamente continuos.

4. ¿Cómo identificaron a quienes habían participado en la revolución y a quienes posteriormente fueron considerados opositores? ¿Qué papel desempeñaron en ello los interrogatorios, fotografías, testimonios, expedientes personales y redes de informantes?

Las fotografías desempeñaron, sin duda, un papel importante en la identificación de quienes habían participado en la lucha armada y, en muchos casos, facilitaron esa tarea. Precisamente por ello, la policía política encargada de la represión persiguió las fotografías privadas tomadas durante los días de la revolución, confiscó las imágenes de los fotoperiodistas húngaros y utilizó también las películas conservadas y las ilustraciones de reportajes publicados en revistas extranjeras — los organismos competentes las emplearon asimismo para la propaganda que calificaba los acontecimientos de «contrarrevolución » —. Además, para recopilar datos incriminatorios pudieron apoyarse, como antes, en la red de informantes reactivada y en las declaraciones de testigos intimidados y de sospechosos interrogados bajo la sombra de la horca.

5. ¿Podemos decir que, tras la abierta represión inicial, el sistema avanzó hacia formas menos visibles, pero más duraderas, de vigilancia y control social?

Los debates historiográficos relacionados con el sistema de Kádár plantean con frecuencia cuestiones sobre la validez y justificación de conceptos como «consolidación», «comunismo del gulash» o «el barracón más alegre». Como he señalado, la policía secreta era un apoyo importante de la dictadura, pero solo uno de ellos; fue, ciertamente, una institución que ejerció una violencia brutal, aunque —a diferencia de una afirmación muy extendida— no era «todopoderosa». En la época de Rákosi intentaron, bajo el principio de la contrainteligencia total, «saberlo todo de todos», y llegaron a llevar fichas de cerca de 1,2 millones de personas —más del 20 por ciento de la población adulta—, pero el control total de la sociedad era una misión imposible. Por eso, más tarde se impuso el llamado «pincipio de líneas»: vigilancia selectiva e infiltración en «grupos enemigos» mejor delimitados. Todo ello requería un aparato de inteligencia más profesional y una red de menor tamaño. La ruptura exterior con las tradiciones anteriores a 1956 se expresó en que las fuerzas de orden público y la guardia fronteriza no fueron reorganizadas dentro de la seguridad del Estado.

Interior del bar Sole Mio con las posiciones previstas para micrófonos ocultos señaladas con flechas, Budapest, finales de los años sesenta.
Proyecto de colocación de micrófonos ocultos en el bar Sole Mio de Budapest, frecuentado por empresarios occidentales, a finales de los años sesenta. Las flechas indican los puntos previstos para su instalación. Fuente: ÁBTL, I. 3.2.5. O-8-143/1. Imagen facilitada por Rolf Müller.

III. Informantes, vigilancia y responsabilidad individual

6. ¿Cómo funcionaban las redes de informantes y qué sabemos sobre las razones por las que una persona aceptaba colaborar con la seguridad del Estado? ¿Predominaban la convicción ideológica, el interés personal, el miedo, la presión o el chantaje, o normalmente estos factores se combinaban?

En esencia, la colaboración tenía los tres tipos básicos mencionados en la pregunta: alguien se ofrecía voluntariamente, o actuaba movido por un interés material o aceptaba la tarea por obligación debido a algún acto comprometedor. Naturalmente, en la práctica estas categorías no siempre estaban separadas por completo. Con el tiempo, al servicio secreto le interesaba que hubiera más colaboradores que aceptaran trabajar «sobre una base patriótica», pues los agentes reclutados mediante chantaje eran «proveedores de información» menos entusiastas que aquellos que se ofrecían por decisión propia o aceptaban tras una conversación de tono normal. Quienes se incorporaban por coacción se desenmascaraban con mayor frecuencia y su información podía ser menos valiosa. Los oficiales encargados de los agentes procuraban cada vez más establecer una buena relación con ellos.

7. Cuando un historiador actual encuentra en los archivos algún informe de un informante, ¿cómo debe interpretarlo? ¿Hasta qué punto puede contener hechos reales o distorsiones, exageraciones, prejuicios, intereses personales o afirmaciones obtenidas bajo presión?

Después del cambio de sistema, muchos incurrieron en un error, e incluso algunos siguen haciéndolo hoy, al contemplar con una especie de expectativa casi milagrosa los documentos de los servicios secretos conservados en los archivos. Los valoran como fuentes objetivas a partir de las cuales pueden reconstruirse con precisión milimétrica los antiguos temas tabú, las historias silenciadas y los juegos que se desarrollaban entre bastidores. Para ellos, ese supuesto «contenido de verdad» por encima de todo se ve reforzado por el hecho de que estos documentos se guardaron durante mucho tiempo celosamente bajo llave.

Mi recomendación a quien tenga en sus manos y lea este tipo de fuentes es que no pierda de vista que esos documentos fueron creados siempre por algún interés políticamente motivado, con un «objetivo operativo», y utilizando el vocabulario de un lenguaje específico de la «seguridad del Estado». En última instancia, los documentos producidos por la policía política proporcionan ante todo información sobre la propia organización y sobre su funcionamiento.

8. Mirando retrospectivamente ese período, ¿cómo deberían la sociedad y los distintos gobiernos valorar la responsabilidad de quienes colaboraron con la seguridad del Estado? ¿Hasta qué punto acciones como denunciar a otras personas, participar en su vigilancia o causarles daños profesionales, sociales o psicológicos deben entenderse como parte del funcionamiento del sistema, y dónde está el punto en que la explicación histórica ya no puede convertirse en justificación o minimización de la responsabilidad individual?

En mi carrera como historiador nunca he moralizado ni juzgado. Seguramente no se puede ni se debe considerar héroes positivos a los actores de una dictadura que arruinó al país, pero tampoco se obtiene nada bueno si un representante de la ciencia los contempla en todo momento a través de un filtro negativo. Creo que el pensamiento y la pluma del historiador deben estar guiados por el deseo de comprender los acontecimientos del pasado. En su momento, seguramente yo también habría escrito una biografía muy distinta de Gábor Péter, el tristemente célebre comandante de la ÁVH, si hubiera tenido constantemente ante mis ojos la idea de que era «un animal sádico». Para mí, aquello se planteó más bien como un problema por resolver: ¿por qué se difundió precisamente esa opinión? Pues bien, veamos qué puede averiguarse sobre su vida, las influencias que recibió, el mundo que lo rodeaba y su relación con la violencia.

Puedo ofrecer un consejo a mis semejantes, incluidos los representantes de la política. Antes de formarse rápidamente una opinión, que se hagan siempre esta sencilla pregunta: ¿por qué pudo ocurrir de esa manera? Y si se conceden un poco de tiempo y consultan trabajos históricos, conociendo el contexto social y político de los actos en cuestión, también en ellos se formará una imagen mucho más matizada y, armados con ella, podrán formular una opinión mejor fundamentada. Créanme: ser historiador es una profesión. Vale la pena considerarla también de ese modo.

9. Desde el punto de vista histórico, ¿es posible distinguir a quien colaboró por convicción de quien lo hizo por obtener ventajas personales o de quien actuó bajo amenaza o coacción? ¿Permiten los documentos de archivo establecer esas diferencias con suficiente seguridad?

Se registraban las circunstancias del reclutamiento de los agentes, pero, como ya he señalado, estas categorías podían confundirse. Con el tiempo, el objetivo de la seguridad del Estado fue proyectar ante la dirección del Ministerio del Interior y la dirección política la imagen de que la mayoría de sus miembros de la red aceptaban colaborar sobre una base «patriótica y leal». Si, por ejemplo, alguien era citado por la policía por una infracción —por ejemplo, un asunto de divisas— y de pronto aparecía un oficial de la seguridad del Estado y le ofrecía pasar por alto ese «pequeño tropiezo» a cambio de que firmara la declaración de reclutamiento, y la persona aceptaba allí mismo, entonces no se le registraba como reclutado por compromiso, sino como alguien que se había incorporado voluntariamente.

IV. De la represión abierta al sistema de Kádár

10. Una vez consolidado el sistema de Kádár, ¿qué margen real quedó para la oposición y la disidencia? ¿Cómo cambió la represión respecto a los años inmediatamente posteriores a 1956?

En Hungría, la oposición no adoptó —ni podía adoptar— formas organizativas de mayor entidad hasta la década del ochenta. Sus espacios de actividad fueron las reuniones en viviendas particulares, las publicaciones samizdat, así como las redacciones de revistas legales, casas de cultura e instituciones educativas. Frente a ellos, desde la década del sesenta la contrainteligencia se orientó fundamentalmente a la vigilancia, las escuchas, la infiltración de agentes y, por medio de estos, a la desarticulación de sus agrupaciones.

Depósito documental del Archivo Histórico de los Servicios de Seguridad del Estado de Hungría, ÁBTL, en Budapest.
Depósito documental del ÁBTL en Eötvös utca, Budapest. Foto: Elekes Andor / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

V. Los archivos, la memoria y la responsabilidad democrática

11. A propósito de la nueva apertura y publicación de los antiguos documentos de la seguridad del Estado, ¿qué espera usted que podamos llegar a conocer de nuevo? ¿Existe también el peligro de que la simple aparición de un nombre en un expediente se saque de contexto y conduzca a conclusiones erróneas?

Ante todo, dejemos claro —y esto es muy, muy importante— que la publicidad de los documentos de la seguridad del Estado está garantizada en Hungría desde hace ya casi tres décadas. Las personas afectadas, sus familiares y los investigadores podían acudir a la Oficina Histórica y, desde 2003, a su institución sucesora, el Archivo Histórico de los Servicios de Seguridad del Estado (ÁBTL). Es más, desde hace algún tiempo quienes se dirigen a nosotros pueden consultar también en línea los expedientes y documentos que se les preparan. En relación con la cantidad de documentación conservada, esta institución pública es la que tramita el mayor número de solicitudes individuales de consulta e investigación. La nueva ley ha introducido ahora cambios más importantes: ha ampliado el círculo de familiares e investigadores y acelera la entrega al archivo de aquellos documentos que en 1990 fueron retirados de los fondos de la seguridad del Estado por las organizaciones sucesoras de los servicios secretos y cuya clasificación ya no está justificada. Además, ha creado la posibilidad jurídica de publicar en línea datos relacionados con los agentes; estos podrán consultarse en el sitio nyitottaktak.hu.

Al mismo tiempo, el peligro señalado en la pregunta no solo existe, sino que con toda seguridad tendremos que contar con él. Sobre todo, porque en numerosos casos no podemos proporcionar ningún otro documento más allá de los datos básicos del registro de agentes. En el caso de muchos miembros de la red, no disponemos de documentos sobre las circunstancias de su reclutamiento y/o de los informes que elaboraron. Por no hablar de que una parte considerable de los datos que ahora se publican masivamente y son accesibles para cualquiera corresponde a personas fallecidas. Es decir, ya no pueden explicar por qué hicieron lo que hicieron ni por qué se encontraron en aquella situación.

Naturalmente, la posibilidad de malentendidos y conclusiones equivocadas existe incluso cuando se conserva documentación de muchas páginas. Por ejemplo, debido a las particularidades lingüísticas y formales propias de los textos de la seguridad del Estado que he mencionado, quienes no «vivieron en ese mundo» o no han leído estudios especializados sencillamente no comprenden o interpretan mal. Más allá de esto, un problema fundamental es la lamentable y extendida falta de conocimientos sobre el período de la dictadura, como consecuencia de lo cual, el marco de interpretación de tales documentos queda determinado por unos pocos tópicos y eslóganes habituales, y no por un conocimiento histórico —al menos mínimamente suficiente—. Y, sin embargo, sobre el período comunista se han publicado innumerables estudios especializados y contenidos divulgativos de fácil acceso… ¡Con todos mis respetos a los lectores!

12. ¿Qué responsabilidad tiene un Estado democrático frente a este pasado? ¿Basta con abrir los archivos y esclarecer los hechos o tiene también la tarea de reconocer públicamente a las víctimas, favorecer el conocimiento social y elaborar institucionalmente ese legado?

En mi opinión, la tarea primordial de cualquier Estado respecto al pasado histórico es mantener instituciones científicas competentes, colecciones públicas destinadas a preservar la memoria y espacios expositivos. Naturalmente, también puede establecer otras tareas y objetivos; lo deseable es que, en esos casos, se apoye en los conocimientos profesionales de historiadores, archiveros y museólogos, quienes también pueden decidir si quieren que se apoyen en ellos.

VI. Dimensión comparada

13. A partir de su experiencia como investigador, ¿existen mecanismos que se repiten en distintos sistemas de partido único —por ejemplo, redes de informantes, vigilancia preventiva, expedientes personales, control de asociaciones y de círculos intelectuales o profesionales—, o debemos ser especialmente cautelosos al buscar paralelismos entre distintos países y períodos?

No hay que pecar de cautela, sino emprender con valentía estos estudios comparativos, porque dentro del bloque el repertorio de instrumentos de la represión era semejante, aunque, además de los rasgos comunes, existían particularidades y patrones propios. Afortunadamente, este tipo de investigaciones ya se están realizando, pero todavía quedan tareas aquí y en otros lugares, pues la necesidad de conocimiento histórico es continua. Nunca llegará el momento en que alguien pueda afirmar que el estudio de este o aquel problema ha concluido y que la sociedad se ha «enfrentado» definitivamente con esto o aquello.


* Sobre Rolf Müller

Rolf Müller (Kaposvár, 1974) es historiador, doctor desde 2007 e investigador del Archivo Histórico de los Servicios de Seguridad del Estado de Hungría (ÁBTL), al que está vinculado desde 1998. También ejerce la docencia en la Universidad Católica Pázmány Péter. Estudia la historia de la policía política húngara después de la Segunda Guerra Mundial y la relación entre las fotografías, los lugares y la memoria. Ha organizado exposiciones fotográficas sobre 1956. Entre sus libros destacan Politikai rendőrség a Rákosi-korszakban (2012), sobre la policía política durante el régimen de Rákosi, y Az erőszak neve: Péter Gábor – Az ÁVH vezetőjének élete (2017), biografía del jefe de la ÁVH.

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Especial | 1956 — 70 años después
Esta publicación forma parte del dossier especial de Hungría Hoy sobre el 70 aniversario de la Revolución húngara de 1956.

Imagen destacada: antigua sede de la ÁVH en Jászai Mari tér, Budapest, en 1956. FOTO: FORTEPAN / Nagy Gyula, n.º 40191, CC BY-SA 3.0.

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2 comentarios en «Los archivos del miedo: Rolf Müller sobre la seguridad del Estado, la represión y 1956»

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