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¿A quién pertenece 1956? La disputa por la memoria de una revolución

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La bandera con un agujero en el centro parece hablar por sí sola: al recortar el emblema del régimen, quienes lo hicieron expresaron abiertamente su rechazo al poder opresor. Sin embargo, ese símbolo no basta para explicar qué país querían construir quienes salieron a las calles en octubre de 1956. Bajo esa bandera se unieron personas con las más diversas trayectorias, convicciones y esperanzas.

Setenta años después, esa diversidad sigue planteando una pregunta incómoda: ¿a quién pertenece la revolución? La respuesta exige mirar tanto a sus protagonistas como a quienes, después de la derrota, intentaron decidir qué debía recordarse de ellos. Las entrevistas de Hungría Hoy con los historiadores László Eörsi y János M. Rainer permiten recorrer esa disputa sin convertir el pasado en una confirmación automática de las preferencias del presente.

Multitud de manifestantes con una gran bandera húngara agujereada en el puente Margarita en 1956.
Manifestantes cruzan el puente Margarita hacia la plaza Bem con una bandera húngara cuyo emblema ha sido recortado. Budapest, 23 de octubre de 1956. Foto: MTI / Sándor Bojár.

Una revolución con más de una voz

En su entrevista con Hungría Hoy, Eörsi advierte contra la tentación de atribuir a todos los insurgentes una conciencia política idéntica. Los grupos armados reunieron a personas de edades, experiencias y motivaciones distintas. Compartir el rechazo a la dictadura y a la subordinación a Moscú no significaba coincidir en cada aspecto del futuro.

«No podemos presentar a los insurgentes de 1956 como un grupo de personas con las mismas ideas políticas».

László Eörsi, entrevista con Hungría Hoy.

Esta precisión importa porque una conmemoración puede reconocer el valor de los participantes y, al mismo tiempo, borrar lo que pensaban. Si solo queda una comunidad de héroes intercambiables, resulta más fácil atribuirles retrospectivamente cualquier programa. La investigación de sus vidas devuelve a la revolución sus diferencias y también el carácter incierto de las decisiones que tomaron.

Eörsi recuerda que muchos combatientes procedían del mundo del trabajo y que su rechazo al sistema de Rákosi no equivalía a desear una restauración del orden anterior. Entre ellos había aspiraciones a una forma de socialismo con propiedad pública y participación obrera. Esa corriente no explica por sí sola toda la revolución, pero excluirla también deformaría su historia.

Lo que las barricadas pueden dejar fuera de la imagen

Las fotografías de jóvenes armados y tanques en las calles condensan la desigualdad de fuerzas y el coraje de la resistencia. Su fuerza visual puede relegar otras formas de participación menos fáciles de representar en un monumento.

En la misma entrevista, Eörsi destaca la importancia de los Consejos Obreros como órganos elegidos que formularon demandas políticas y mantuvieron la presión mediante huelgas, incluso después del segundo ataque soviético del 4 de noviembre. También recuerda el trabajo de las mujeres en los combates, los hospitales, el abastecimiento y la circulación de información.

La cuestión de quién ocupa el centro de la memoria tiene, por tanto, consecuencias concretas. Una historia centrada exclusivamente en las armas deja en segundo plano la organización del trabajo, la asistencia a los heridos y las redes que sostuvieron la movilización. Reconocer esas experiencias amplía nuestra comprensión de la libertad que se reclamaba, incluía poder intervenir en decisiones que afectaban a la vida cotidiana.

Manifestantes con banderas húngaras marchan por la avenida Andrássy de Budapest, la tarde del 25 de octubre de 1956.
Manifestación con banderas en la avenida Andrássy, cerca de la calle Munkácsy Mihály, Budapest, la tarde del 25 de octubre de 1956. Foto: Fortepan / Nagy Gyula, 24345. CC BY-SA 3.0.

Imre Nagy y la dificultad de encajar el pasado

La trayectoria de Imre Nagy complica cualquier relato que pretenda ordenar 1956 en bloques sin contradicciones. Rainer explica en su entrevista para este especial que Nagy procedía del movimiento comunista y concebía sus reformas dentro del horizonte del socialismo. Su evolución política debe estudiarse desde ese punto de partida, sin atribuirle desde el comienzo las posiciones que adoptó durante la revolución.

A su vez, Eörsi describe una relación cambiante entre Nagy y los insurgentes, hubo decepción inicial y una recuperación de la confianza a medida que el gobierno reconoció el carácter nacional y democrático del movimiento y asumió reivindicaciones que iban mucho más allá de su respuesta inicial.

Estas dos perspectivas permiten entender una revolución que transformó también a quienes intentaban dirigirla. La procedencia comunista de Nagy y su papel al frente del gobierno revolucionario forman parte de una misma biografía. Convertir una de esas dimensiones en una razón para borrar la otra empobrece la explicación histórica.

Cuando el poder decidió cómo debía llamarse 1956

Después de la derrota, el régimen de János Kádár impuso la denominación de «contrarrevolución». Esa versión justificaba la intervención soviética y desacreditaba a los participantes. La disputa por las palabras formaba parte de la consolidación del nuevo poder.

La exposición documental «1956 – 301 – 1989», de Open Society Archives, reconstruye tanto la supresión oficial del recuerdo como su recuperación por familiares y opositores. La parcela 301 del Nuevo Cementerio Público de Budapest se convirtió en un lugar de memoria frente al silencio impuesto.

El 16 de junio de 1989, el funeral público de Nagy y sus compañeros devolvió al espacio público a quienes el régimen había condenado. Un sexto féretro representó a las víctimas anónimas. Aquella ceremonia fue un momento decisivo de ruptura con la versión oficial, aunque no eliminó las diferencias sobre el significado de la revolución.

La libertad para recordar abrió también la posibilidad de discutir. Esa pluralidad tiene un valor democrático propio, porque permite contrastar testimonios, revisar interpretaciones y devolver al relato experiencias que habían quedado fuera.

Vista general de los asistentes al nuevo entierro de los mártires de 1956 en la parcela 301 del Nuevo Cementerio Público, el 16 de junio de 1989.
Nuevo entierro de los mártires de 1956 en la parcela 301 del Nuevo Cementerio Público de Budapest, 16 de junio de 1989. Foto: Fortepan / Szigetváry Zsolt, 152185. CC BY-SA 3.0.

Interpretar el pasado y ponerlo al servicio del presente

Rainer establece una distinción central cuando se le pregunta por las reinterpretaciones posteriores a 1989 y por los usos de la revolución durante los gobiernos de Viktor Orbán.

«En mi opinión, toda reinterpretación de 1956 es legítima».

János M. Rainer, entrevista con Hungría Hoy.

El historiador sostiene que las interpretaciones diferentes son inevitables. Al mismo tiempo, rechaza que la memoria histórica se adapte a las necesidades políticas del presente, cualquiera que sea la fuerza que lo haga. Es una advertencia que puede aplicarse también a quienes critican el uso partidista del pasado: compartir sus preferencias políticas no vuelve más rigurosa una selección interesada de los hechos.

Desde esa distinción, cabe reconocer la independencia nacional como una aspiración fundamental de 1956 y examinar, además, las libertades civiles, las demandas sociales y la participación política. El problema surge cuando una dimensión pretende absorber a todas las demás o cuando se establece una equivalencia automática entre los conflictos actuales y una revolución aplastada mediante la intervención militar soviética.

Durante los gobiernos de Orbán, esa disputa adquirió una expresión concreta: el recuerdo de la resistencia a Moscú sirvió también para presentar a Bruselas como una amenaza a la soberanía húngara. En la conmemoración de 2024, el entonces primer ministro acusó a la Unión Europea de querer imponer un gobierno títere. Esa retórica convivió con los buenos vínculos que mantuvo con el Kremlin incluso después de la invasión a Ucrania. La contradicción obliga a preguntar frente a quién se invoca la independencia y qué relaciones quedan fuera de ese relato.

Estatua de Imre Nagy sobre un puente simbólico en la plaza Jászai Mari de Budapest, 6 de junio de 2019.
El monumento a Imre Nagy en la plaza Jászai Mari, tras su traslado desde Vértanúk tere. Budapest, 6 de junio de 2019. Foto: Vauia Rex / Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0.

El aniversario ante un cambio de gobierno

El 70.º aniversario llega con un nuevo gobierno y otra puesta en escena del legado. En su convocatoria del 20 de octubre, Péter Magyar llamó a una celebración compartida: el programa anunciado reúne homenajes, actividades familiares y actos culturales en Budapest y otras ciudades. Las embajadas y comunidades húngaras también preparan conmemoraciones en distintos países.

El recuerdo rebasa así la política interna. En Toronto, el calendario municipal prevé izar la bandera húngara el 23 de octubre. En las sociedades que acogieron a los refugiados, el aniversario permite recuperar también las historias del exilio y la solidaridad.

El cambio político, sin embargo, no garantiza una memoria más abierta. En mayo de 2026, Rainer defendió recuperar 1956 como una celebración de la libertad y advirtió contra un nuevo canon histórico oficial. En una entrevista de septiembre, insistió en que el Estado debe financiar el conocimiento del pasado y confiar su investigación a los especialistas. La prueba para el nuevo poder será aceptar también las conclusiones que le resulten incómodas.

Una memoria compartida exige aceptar sus diferencias

La respuesta a la pregunta del título depende de qué entendamos por pertenecer. Los protagonistas y sus familias tienen experiencias que merecen ser escuchadas; los historiadores tienen la responsabilidad de contrastar las fuentes; la sociedad tiene derecho a conocer y discutir lo sucedido. Ninguna de esas tareas concede una propiedad exclusiva sobre la revolución.

Un legado compartido puede admitir interpretaciones enfrentadas sin prescindir de los hechos. Requiere archivos accesibles, investigación independiente y disposición a escuchar aquello que incomoda al relato preferido. También exige reconocer que la dignidad de una víctima no depende de que sus ideas coincidan con las nuestras.

Quienes actuaron en octubre de 1956 no conocían el desenlace. Recordarlos con respeto supone conservar esa incertidumbre y permitir que sus palabras, aspiraciones y diferencias sigan presentes. A setenta años de distancia, ese puede ser un compromiso más exigente que reclamar su herencia, debemos dejarles un lugar en la historia que nadie pueda ocupar por ellos.


Artículo de análisis elaborado a partir de las entrevistas de Hungría Hoy con László Eörsi y János M. Rainer, y de la exposición documental de Open Society Archives citada en el texto. Las citas corresponden a las versiones en español de las entrevistas.

Especial de Hungría Hoy | 1956 — 70 años después.

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1 comentario en «¿A quién pertenece 1956? La disputa por la memoria de una revolución»

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