János M. Rainer* es historiador y uno de los principales especialistas en la Revolución húngara de 1956 y en la época de Kádár. En esta entrevista para el especial de Hungría Hoy por el 70 aniversario, analiza los antecedentes de 1956, la política reformista de Imre Nagy, la radicalización de la sociedad, el papel de Moscú y Occidente y la memoria contemporánea de la revolución.
La cuestión que recorre la conversación es qué ocurre cuando un sistema político reconoce la necesidad de reformarse y, al mismo tiempo, teme las consecuencias de ese cambio.
I. ¿Cómo llegó Hungría a 1956?
1. Setenta años después, ¿en qué medida puede interpretarse la Revolución húngara de 1956 como la crisis de un sistema político que comenzó demasiado tarde a emprender reformas?
1956 no puede considerarse una revolución causada por reformas tardías. Más bien puede decirse que en Hungría las reformas comenzaron bastante pronto. Tras la muerte de Stalin, a partir de 1953, se inició la corrección del sistema estalinista y también se elaboraron ideas de reforma. La relación entre 1956 y las reformas consiste más bien en que la revolución no estalla en el punto más algido de la tiranía, sino cuando se intenta suavizar el viejo orden mediante reformas. También contribuyó el hecho de que en 1955 pareció que se retiraban los cambios introducidos en 1953.

2. ¿Cuál era la situación política, económica y social de Hungría en los años inmediatamente anteriores a la revolución? ¿Qué factores hicieron que el descontento acumulado estallara con tanta fuerza en octubre de 1956?
En primer lugar mencionaría la problemática nacional ligada a la introducción del sistema de tipo soviético. La mayoría de la sociedad húngara sentía que esta forma de socialismo era un dictado soviético. El segundo factor era la situación económica y, en relación con ella, el problema del nivel de vida. Tras la reconstrucción de posguerra, las condiciones de vida empeoraron considerablemente. El tercer factor era una sociedad frustrada, desintegrada y con una identidad perturbada, que desde el último tercio de los años cuarenta había atravesado una transformación forzada. Como consecuencia, la situación de numerosos estratos sociales se volvió insostenible; desapareció la antigua élite, pero puede decirse que el descontento era general, independientemente de la posición social. También desempeñaron un papel factores culturales, como la rusificación forzada, el aprendizaje obligatorio del idioma ruso, etcétera. Por último, aunque no menos importante, una de las causas del estallido de la revolución fue que entre la intelectualidad y la juventud universitaria comenzó una efervescencia en la que se manifestó una fuerte exigencia de cambio.
3. Tras el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y el inicio de la desestalinización, ¿cómo evolucionó la correlación de fuerzas dentro de la dirección comunista húngara? ¿Qué margen de maniobra real tenían las corrientes más reformistas frente al grupo de Mátyás Rákosi?
El congreso del partido soviético limitó fuertemente el poder y el margen de maniobra política de Mátyás Rákosi, que había vuelto a imponerse en 1955. En la dirección del partido húngaro, como también en las élites de todos los países de sistema soviético, aparecieron incertidumbre, falta de confianza y una disposición a la revisión. Esto no significó necesariamente el nacimiento de un programa de reformas coherente ni la organización de reformistas comprometidos como grupo. En la formación de grupos desempeñó ante todo un papel la preocupación por conservar el poder. Los adversarios directos de Rákosi dentro de la dirección del partido intentaron cargar sobre el antiguo líder la responsabilidad por el estalinismo. Los verdaderos reformistas – Imre Nagy y su círculo de intelectuales- actuaban fuera de la dirección del partido.
4. Cuando hablamos de intentos reformistas húngaros anteriores a 1956, ¿se trataba principalmente de reformas económicas o existían también ideas orientadas hacia una apertura política? ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar los reformistas?
Quizá lo primero que hay que dejar claro es que la reforma no tenía un programa elaborado y global. Las ideas económicas llegaban hasta la introducción de determinados elementos de mercado y, en gran medida, intentaban simplificar la economía planificada. Las ideas de apertura política solo en el caso de algunos reformistas llegaron, por ejemplo, hasta la introducción de un sistema multipartidista. El propio Imre Nagy lo concebía estrictamente bajo la dirección del Partido Comunista. Algo parecido ocurría con la cuestión de la independencia nacional. Imre Nagy también reflexionó sobre ello y llegó a plantear la salida de los bloques y la neutralidad, pero faltaba una concepción práctica de cómo podían alcanzarse esos objetivos.

II. Imre Nagy y los límites de la reforma desde dentro
5. Imre Nagy procedía también del movimiento comunista. ¿Qué nos enseña su trayectoria sobre las posibilidades y los límites de transformar desde dentro un sistema autoritario?
Nagy era un marxista relativamente bien formado, perteneciente a la primera generación del Partido Comunista en Hungría. A lo largo de su carrera tendió a discutir diversos postulados ortodoxos sobre una base práctica, desde un punto de partida pragmático. Sin embargo, durante mucho tiempo, prácticamente hasta 1955, no llegó a romper con la disciplina del partido y, tras sus conflictos, realizaba repetidamente autocríticas. Esta circunstancia determinó también su comportamiento en 1956 y luego durante su cautiverio, al menos en parte. Puede decirse, por tanto, que como político era reformista, pero no era un pensador crítico. Concebía sus reformas, si no dentro del sistema de tipo soviético, sí dentro del sistema de ideas y del orden social del socialismo.
6. ¿Cuáles eran las principales ideas de reforma económica y política de Imre Nagy antes de que los acontecimientos revolucionarios lo empujaran hacia posiciones más radicales?
Imre Nagy consideraba que la construcción del socialismo requería un período histórico más largo, varias décadas, y tiempos de distinta duración en los diferentes ámbitos. Lo desarrolló con mayor detalle sobre todo para la transformación de la agricultura. Conociendo la relación del campesinado húngaro con la tierra, creía necesario un proceso educativo más prolongado para que los campesinos comprendieran las ventajas de la explotación colectiva. Por tanto, se oponía a una transformación rápida y violenta y proponía una política gradual, mayor tolerancia y, en general, evitar los medios coercitivos.
En cuanto a la política económica general, consideraba que debía basarse, al menos en parte, en las condiciones internas del país y que no podía concentrarse exclusivamente en desarrollar una industria pesada de gran consumo de materias primas. Respecto a la estructura política, durante su período inicial como primer ministro opinaba que la sociedad húngara, una sociedad no socialista, se encontraba en situación transitoria y que, por tanto, existían grupos con intereses diferentes que debían tener algún tipo de representación política. Pensó en la posibilidad de algún tipo de sistema multipartidista bajo la dirección del Partido Comunista, o de una representación de tipo partidario para el campesinado y la pequeña burguesía urbana. Por eso experimentó en 1954 con la organización política denominada Frente Patriótico Popular, que concebía junto al partido, pero bajo su dirección.
7. En la primera fase de octubre de 1956, muchas reivindicaciones podían interpretarse todavía como una reforma del sistema socialista. ¿Cuándo y por qué el reclamo de reformar el sistema se transformó en la exigencia de superar al propio sistema?
Las reivindicaciones del 23 de octubre de 1956, contenidas en los famosos puntos de la Universidad Técnica, eran en parte reivindicaciones de cambio de sistema. El multipartidismo, las elecciones libres y las libertades civiles y políticas, – de prensa, la libertad de opinión y la libertad de conciencia – , eran inconcebibles dentro del sistema de tipo soviético; es decir, apuntaban a un cambio de sistema. En otros aspectos, como la estructura de la propiedad o el modo de coordinación, no se formularon realmente reivindicaciones tan radicales. Tampoco más tarde fueron muy frecuentes en dichos aspectos ; pero en lo referente al sistema político, sí era un programa de cambio de régimen. Sin embargo, no contenía la exigencia de una actuación violenta, una revolución, y mucho menos un guion para ella; es decir, los manifestantes del 23 de octubre pretendían luchar por sus objetivos mediante medios pacíficos.
8. ¿Podemos decir que una de las contradicciones fundamentales de 1956 fue que, cuando el poder habría estado dispuesto a aceptar determinadas reformas, una parte de la sociedad ya no las consideraba suficientes?
Si el poder hubiera estado dispuesto a aceptar determinadas reformas, la revolución húngara no habría ocurrido de la forma en que hoy la conocemos. El problema fue precisamente que el 23 de octubre la dirección del partido no solo rechazó las propuestas políticas de los manifestantes, sino que inmediatamente empezó a preparar una respuesta violenta. Por ejemplo, llamaron a las tropas soviéticas a Budapest. Por tanto, la sociedad evidentemente habría acogido con satisfacción una solución política, por ejemplo negociaciones entre representantes de los manifestantes y la dirección del partido, en las que, naturalmente, los manifestantes no habrían estado representados por los jóvenes e inexpertos redactores de los puntos, sino probablemente por Imre Nagy y sus correligionarios. Pero esto es solo un ejercicio hipotético, porque las reivindicaciones fueron rechazadas.
III. La sociedad, la oposición y la radicalización
9. ¿Qué explica que las reivindicaciones se radicalizaran tan rápidamente en pocos días, hasta llegar a exigir pluralismo político, neutralidad y la salida del Pacto de Varsovia?
Lo explica exactamente la respuesta a la pregunta anterior. La exigencia de cambio político por medios pacíficos recibió un rechazo total y violento. Además, con la intervención de las tropas soviéticas, el movimiento adquirió una marcada dimensión de independencia nacional. Hay que añadir que la exigencia de independencia ya caracterizaba de todos modos los puntos del 23 de octubre. Tras el estallido del conflicto armado, y luego cuando los grupos sociales movilizados sintieron que el poder retrocedía o aceptaba las reivindicaciones, se radicalizaron de manera natural.
10. Antes del 23 de octubre, ¿existía una oposición o un entorno disidente suficientemente organizado que pudiera obligar al sistema a realizar reformas políticas, o fue la propia revolución la que creó en pocos días actores y espacios políticos que antes prácticamente no podían existir?
Existía un medio opositor y de pensamiento disidente, una parte considerable del cual actuaba dentro del partido y estaba compuesto en su mayoría por intelectuales. No era una fuerza siquiera suficientemente organizada Más bien podría hablarse de una red informal que, llegado el caso, podría haberse organizado de alguna forma en unos pocos días. Y entre ellos había políticos experimentados que, en hipotéticas negociaciones, pudieran haber actuado como dirigentes de la oposición. Sin embargo, al no producirse algo así, la revolución también generó sus propios dirigentes, cuyo espectro era con toda lógica, mucho más amplio que el de la oposición interna del partido. Aparecieron políticos del período de coalición posterior a 1945 y, naturalmente, también personas que destacaron en la organización o dirección de la lucha armada, incluso muy jóvenes. Del mismo modo, en los distintos consejos obreros locales, comités nacionales o revolucionarios se encontraba el germen de una nueva élite política que, en condiciones más favorables, habría podido avanzar con relativa rapidez hacia una organización en red.
11. ¿Qué papel desempeñaron los estudiantes, los intelectuales, los trabajadores y los consejos obreros en esta transformación? ¿En qué medida empujaron al gobierno de Imre Nagy en una dirección que quizá él mismo no había previsto originalmente?
Los estudiantes, al igual que los intelectuales, constituían un conjunto extraordinariamente diverso. Nunca antes habían estudiado en la educación superior húngara tantos jóvenes de origen obrero y campesino como a mediados de los años cincuenta, y hay que añadir que probablemente tampoco después. Por tanto, más allá de la dimensión generacional, no puede hablarse de un perfil estudiantil uniforme. La parte políticamente visible y organizada de la intelectualidad estaba formada por un grupo desilusionado con la ideología comunista, que revisaba y criticaba la práctica del estalinismo. Además, existían numerosos grupos de intelectuales con antecedentes culturales, pasados, estatus y posiciones diferentes. Durante la revolución no puede demostrarse una actuación unificada ni del estudiantado – que inició el movimiento el día 23- , ni de la intelectualidad. No fueron ellos quienes influyeron principalmente en las reivindicaciones y en el gobierno de Imre Nagy, sino sobre todo los consejos obreros que organizaban la huelga y los insurgentes armados radicales.
IV. ¿Qué ocurre cuando un sistema teme las reformas?
12. ¿Existe un punto en la historia de un sistema autoritario en el que el miedo a las reformas representa para el propio sistema un peligro mayor que los cambios que intenta impedir?
En principio existe tal punto. En la práctica, no obstante, los sistemas autoritarios entran en crisis y peligro definitivos precisamente cuando se hace evidente que han dejado pasar ese momento, que han dejado pasar el último momento en el que, mediante negociaciones y un compromiso político, todavía podían salvar algo de su poder.
13. ¿Qué papel desempeñaron el aparato del partido, la seguridad del Estado, las estructuras militares y la resistencia de aquellos grupos cuya posición dependía de la supervivencia del sistema? ¿Hasta qué punto son capaces esas estructuras de aceptar reformas que limiten su propio poder?
Una de las esencias del sistema totalitario, quizá incluso su característica más importante, es que no permite la acción autónoma grupal, es decir, colectiva, ni siquiera la articulación de intereses políticos. Por eso no considero un peligro especialmente significativo el hecho de que el aparato del partido, la seguridad del Estado o el ejército no apoyaran las reformas. Tampoco se encontraban en una posición que les permitiera impedir, por ejemplo, que una dirección dispuesta a reformar reflexionara sobre un compromiso político. Una dirección ortodoxa podía contar con la ejecución de sus órdenes del mismo modo que una reformista.
14. En términos más generales: ¿puede un sistema autoritario reformarse profundamente a sí mismo sin poner en peligro las estructuras que garantizan su supervivencia?
Los ejemplos demuestran que los sistemas autoritarios no son capaces de reformarse definitivamente a sí mismos, al menos dentro del ámbito cultural europeo. Por el contrario, tienden más bien a rigidizarse. János Kornai comparó la llamada variante clásica del sistema de tipo soviético —así denominaba al sistema que surgió por primera vez en la Unión Soviética a finales de los años veinte y comienzos de los treinta— con un tejido del que, si se tira de un hilo, todo acaba por deshacerse, antes o después.
V. Moscú y Occidente
15. El límite final de las reformas en Hungría no estaba solo en Budapest, sino también en Moscú. ¿Qué nos enseña 1956 sobre la soberanía real de un país pequeño cuando una gran potencia lo considera parte de su propia esfera estratégica de intereses?
La lección de 1956 a este respecto es que la soberanía de los países pequeños no puede ejercerse dentro de una esfera imperial de intereses. Esto no significa que en determinados ámbitos no pueda desarrollarse una autonomía parcial; incluso en tiempos de Stalin no todo lo que ocurría en Hungría se decidía en Moscú. La desestalinización incluía también una recuperación parcial de la soberanía. Pero un país no puede ser plenamente soberano dentro de una esfera imperial de intereses. Existe una enorme diferencia entre que se trate de un imperio impuesto por la fuerza o, en cambio, de un ‘empire by invitation’, como se ha dicho sobre la relación entre los países de Europa occidental y Estados Unidos.
16. Muchos húngaros depositaron esperanzas en Occidente. ¿Qué esperaban realmente y qué nos enseña 1956 sobre la diferencia entre la solidaridad internacional y la disposición real de una gran potencia a asumir riesgos?
La sociedad húngara esperaba ayuda de Occidente. En la práctica daba igual de qué tipo: ayuda para que el país recuperara su independencia. En aquel caso, en esa etapa de la Guerra Fría, habría sido una tarea difícilmente realizable. No es seguro que los responsables occidentales pensaran lo suficiente en cómo podían ayudar, pero la solución final probablemente habría llevado a los dos sistemas mundiales enfrentados al borde de la guerra. Ninguno de los dos quería eso y, dado el nivel de desarrollo de las armas de destrucción masiva de la época, tampoco podía desearlo realmente. No hay que olvidar que ya se había desarrollado la bomba de hidrógeno. Es decir, la solidaridad internacional era, y continuó siendo mucho más una cuestión de las sociedades afectadas y conmovidas por las noticias. La política internacional, en cambio, no encontró una solución a qué podía hacer por Hungría, más allá de expresar verbalmente su solidaridad, una vez que había reconocido la esfera de intereses soviética, que es lo que ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. La constatación de 1956 fue más bien que ya no debía seguir alimentándose en las sociedades de los sistemas de tipo soviético la idea de que Occidente las liberaría algún día si se daban determinadas condiciones. Y la actividad de los órganos de propaganda se modificó en ese sentido después de 1956.

VI. La memoria de 1956 y la política actual
17. Después de 1989, distintas fuerzas políticas intentaron definir de manera diferente qué significó 1956. Durante los gobiernos de Viktor Orbán, la revolución se ha presentado enfáticamente como una historia de soberanía nacional, mientras la figura de Imre Nagy ha quedado en segundo plano y el Instituto de 1956 perdió su anterior autonomía. ¿Se trata de una reinterpretación legítima de 1956 o, más bien, de una adaptación de la memoria histórica a las necesidades políticas del presente?
En mi opinión, toda reinterpretación de 1956 es legítima. Todo el mundo tiene derecho a interpretar de manera diferente lo sucedido y, además, eso es inevitable. En cambio, vincular la memoria histórica a las necesidades políticas del presente es, de entrada, inaceptable, cualquiera que sea la fuerza política que lo haga. Por tanto, considero que en el siglo XXI no es necesaria una política estatal de memoria, especialmente en forma de instituciones específicas.
18. ¿Cómo interpreta la paradoja de que una revolución aplastada por el ejército soviético por decisión de Moscú aparezca hoy con frecuencia como punto de referencia en conflictos políticos con Bruselas, mientras Hungría ha mantenido paralelamente relaciones estrechas con Rusia?
Veo esta paradoja simplemente como la proyección absurda de una política exterior insensata y vergonzosa.

Pregunta final
Setenta años después, ¿cuál es la advertencia más importante de 1956 para aquellas sociedades y sistemas políticos que saben que deberían cambiar, pero al mismo tiempo temen las consecuencias del cambio?
Supongo que la pregunta se refiere principalmente a los sistemas políticos que saben que deberían cambiar y, al mismo tiempo, temen las consecuencias del cambio. Yo veo el problema más bien en que los sistemas autoritarios y dictatoriales no creen que deban cambiar, y al mismo tiempo temen cualquier cambio. Este problema tiene una única solución: la democratización y humanización del poder político, es decir, la creación de sistemas políticos que, sobre la base de un mandato democrático, consideren también importante la justicia social. Por mi parte, veo la principal lección de 1956 en que estos sistemas autoritarios y dictatoriales, de vez en cuando, después de un período más largo o más corto, entran inevitablemente en conflicto con el deseo y la aspiración del ser humano a la libertad.
Sobre el entrevistado
János M. Rainer (Budapest, 1957) es historiador, profesor universitario y miembro de la Academia Húngara de Ciencias. Especialista en la historia de Hungría después de la Segunda Guerra Mundial, ha dedicado buena parte de sus investigaciones a la Revolución de 1956 y al período de János Kádár. Dirigió el Instituto de 1956 entre 1997 y 2011 y está vinculado desde 2009 a la Universidad Católica Eszterházy Károly. Autor de numerosos libros, ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Széchenyi.
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Especial | 1956 — 70 años después
Esta publicación forma parte del dossier especial de Hungría Hoy sobre el 70 aniversario de la Revolución húngara de 1956.
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