
El despertador sonó a las siete de la mañana. Había seis grados, pero el día estaba precioso y soleado, suficiente para «soltarme el pelo y coger carretera», como decimos los cubanos. Nuestro destino era Alsónémedi, un pueblo al sur de Budapest, en la provincia de Pest, donde un sábado disfruté de la celebración de la vendimia, conocida en húngaro como szüret. El otoño empieza a vestir la naturaleza con sus colores más hermosos y trae estas fiestas que celebran el fruto del trabajo en el campo.
Por las calles del recorrido desfilaban caballos de silla, carruajes y carros de madera tirados por caballos, con participantes que lucían vistosos trajes tradicionales. También había tractores con remolques decorados con banderas, flores y barriles de vino, en los que viajaban los grupos más numerosos. Todo era muy colorido y avanzaba despacio, dando tiempo a saludar y bailar al pasar.
Me llamaron especialmente la atención los colores del vestuario de los niños y adolescentes: rojo, blanco y verde. Daban mucha vida, alegría y buena vibra al lugar.
Después, en una de las paradas del recorrido, el tráfico dejó paso a la música y al baile, desde los más pequeños hasta las personas mayores compartieron la alegría de la fiesta. Me fui pensando en lo importante que es conservar estas costumbres, porque en ellas vive una parte de la identidad de cada pueblo. Si tienen oportunidad de acompañar alguna de estas celebraciones otoñales en Hungría, se lo recomiendo.










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